El cuento del trío

Ernesto está cumpliendo la fantasía del típico macho heterosexual. Pero él no es un típico macho herterosexual pese a lo que su aspecto pueda sugerir. Para alguien tan convencional, el tener esta oportunidad es un poco problemático como podrán notar en la siguiente crónica. Por motivos de extensión, nos saltaremos directamente al acto en cuestión ya que lo que lo llevó a la situación es tan azaroso y venturoso que merece un relato propio.
Llega Ernesto a la habitación junto a dos mujeres – una trigueña y otra morena – todavía incrédulo y dubitativo sobre las razones de por qué dos personas al mismo tiempo sentían la imperiosa necesidad de tener relaciones con un desconocido al nivel de no saber su nombre. Y subrayando que estas igualmente anónimas y atractivas jóvenes deben tener muchas oportunidades para aparearse con alguien más atractivo.
Mientras besa a una, la otra desabrocha sus pantalones de una forma tan pornográfica como irreal. Ernesto estaba tratando de concentrarse lo mejor posible ya que suele ser el tipo de persona que no puede conducir y hablar por teléfono, menos dar un beso con lengua mientras trata de agradecer de alguna forma la felación de la otra mujer sin parecer ridículo ni paternal. Su mente divaga en la posibilidad de que una palmada de aprobación sea demasiado paternal pero a la vez esto excite a la mujer… podría ser, total no sabe nada de ella. La morena recorre su cuello y pecho, lo que al parecer le gusta mucho, pero no impresiona mucho a nuestro amigo, lo que le da la oportunidad de decirle a la trigueña un monosílabo “ven”, para que acerque alguna parte de su cuerpo al alcance de sus manos.
A estas alturas estaba abrumado por la ansiedad y el sentido de responsabilidad de quedar bien con un par de desconocidas que nunca volvería a ver en su vida: no tanto por no herir su masculinidad, siempre cuestionada por los miles de manierismos y manías consideradas como “de maracos”, en un microcosmos social en el que ha sido uno de los pocos que no ha caído en prácticas homoeróticas o derechamente homosexuales, como suele pasar en ambientes profundamente homofóbicos. Esto lo menciono porque Ernesto justamente estaba reconociendo el hecho mientras exploraba con sus dedos el aparato reproductivo de la trigueña con el objetivo de notar una lubricación lo suficientemente evidente para poder aventurarse a su ano, que era una especie de recompensa de un trabajo bien hecho. Con la mano derecha tocaba los pechos de la morena que se estaba sacando la ropa con un descuido incómodo para alguien que suele guardar la ropa ordenada. “Su casa debe ser un basurero” piensa Ernesto por un segundo hasta que lo interrumpe un beso de la trigueña, que menos mal no tiene un aliento a cigarro y alcohol como su compañera… pero tampoco es de lo mejor sentir el sabor de uno mismo esparcido por toda la boca. Afortunadamente, nuestro héroe tiene una higiene tan extrema que la única duda que podría tener al momento del sexo oral es si se enjuagó lo suficiente como para no dejar rastros de jabón en el prepucio.
La morena toma su lugar como si estuvieran actuando para versión pornhub de una lucha libre, lo que por un lado le causa gracia a Ernesto y a la trigueña que confunde la imaginación del joven con algún signo de aprobación o placer.
No nos confundamos: el hombre tiene una erección bastante aceptable, sobre todo para él que prefiere no llegar al extremo de esas dolorosas donde parece que la piel se le va a romper y al día siguiente hay que echarse algún ungüento natural. Ya lo experimentó y suele no darle dos oportunidades a experiencias incómodas. Sus compañeras también parecen aprobar la dureza del caballero, alejadas de los cálculos de Ernesto que estaba pensando a qué hora debe levantarse para ir a la farmacia naturista más cercana sin hacer cola, ya que el contacto humano no lo excita mucho… lo que parece paradójico al ver cómo inconscientemente sí parece disfrutarlo.
Lo que sí le agrada es hacer sexo oral, así que sube a la trigueña a la altura de su cabeza casi al mismo tiempo en que se acomoda la morena en una posición llamada el clip, o al menos así se acordaba Ernesto que ya se estaba imaginando las ilustraciones del Kamasutra que alguna vez practicó con su primera pareja “de aburrido”.
Estaba haciendo un trabajo bastante bueno con su lengua y boca al juzgar de cómo su amiga presionaba su cuerpo al nivel de hacerle difícil respirar. De alguna forma esto provoca una reacción en la morena la que también se entusiasma hasta gemir, cosa que no le gusta mucho a nuestro protagonista ya que cuando los gemidos son muy fuertes tiende a creer que son falsos desde que la misma polola con que practicaba religiosamente el Kamasutra le dijo que fingía sus orgasmos. Es algo terrible decirle eso a un hombre inseguro, ya que suele omitir el hecho de que la señorita podría haber estado despechada cuando terminó con ella o el que la misma jovencita trató en otras oportunidades de tener esos orgasmos fingidos en reuniones de amigos. Ernesto revive el recuerdo y la autoafirmación como un mantra, cada vez que está con alguna pareja ruidosa, así que ya está acostumbrado a seguir la corriente porque necesita todas las energías para separar un poco a la trigueña y respirar un segundo.
La señorita o señora interpreta esto como un cambio, así que toma el lugar la morena, esta vez mirando hacia la ventana ya que a don Ernesto no le gusta estar tanto tiempo haciendo lo mismo ya que se puede distraer de sus distracciones. Así que ambas toman posición mirando hacia el mismo lado. Esos preciados segundos los aprovecha el varón para divisar algún reloj en la pieza -el sabe exactamente cuánto puede durar- y odiaría no poder dejar contentas a las damas ya que estaba disfrutando demasiado el momento, comparado a varios momentos más que repasaba en un segundo en su cabeza.
La morena se pone cómoda lentamente mientras la trigueña toma un ritmo acelerado, algo exagerado – piensa Ernesto, de nuevo creyendo que cualquier parecido con la pornografía es fantasioso- la morena no estaba tan bien rebajada como la trigueña y al parecer era más relajada o su PH era un poco ácido. El pobre Ernesto, alguien que siente los olores y sabores intensamente y no es muy amigo de los mariscos, se ve obligado a lamer profusamente a la mujer para ver si puede quitarle el sabor a esta persona “funciona con los perros” reflexiona el asqueado joven, ignorante de lo bien que estaban pasándola sus amigas anónimas.
Cuando se acostumbra al sabor de la bella morena, surge de nuevo la preocupación de si va a poder durar lo suficiente. Mira a las esquinas de la habitación mal pintada con un blanco mármol, seguramente esmalte, con manchas de zancudos aplastados. Ernesto infiere que quien sea dueño de esta habitación debe ser bastante despreocupado como para no limpiar con un paño húmedo esas manchas. Hablando de humedad, el baño tenía problemas de humedad y las manchas de jabón en la tina son indicativo de que esa persona no es muy dada al aseo. ¿Será mujer? Esperaba que no fuera la morena que estaba teniendo convulsiones encima de su cara (fingidas, claro está) “aunque no lo creo, una mujer tan descuidada suele dejar en la ducha la ropa interior lavada o sucia” pensaba mientras la trigueña ya había bajado el frenético ritmo. “Sea quien sea no debe ser muy interesante, pero al menos no hay ninguna cruz o virgen” divagaba Ernesto, al que le molesta de sobremanera recordar su castrante niñez católica en estos momentos.
Sus pensamientos sobre el dueño de ese cuarto se frenan cuando escuchan que tocan la puerta fuertemente. La morena grita “ya salgo” mientras acompaña a la trigueña, que tiene la evidente intención de volver a hacer sexo oral… eso o a estrangularme los testículos – pensaba con dolor Ernesto. La morena se reúne con su amiga ¿Serán amigas? – duda el joven- y compiten por la atención del falo liberado de su prisión de látex, esta vez de una forma para nada pornográfica ya que el macho tenía la esperanza de que ellas fueran bisexuales y siguieran entre ellas mientras el puede aprovechar de hacerle sexo oral nuevamente a la trigueña y quizás, con suerte, probar el anal … pero es muy tarde, ha eyaculado elegantemente, o al menos eso pensaba él, ya que nada cayó al pelo de las muchachas. No tanto por su puntería sino por la prolijidad de las jóvenes. Ernesto lamenta en el mismo instante no haber estado pendiente de mirarlas en vez del pomo de la puerta que se movía.
Con una risa se ponen rápido la ropa, sin decir palabra alguna. Sale la morena y a los 45 segundos (contados mentalmente por Ernesto) sale la trigueña de la mano con un complicado joven que no quiere dejar esa habitación. Primero porque no logró hacer todo lo que le hubiera gustado como para recordar la experiencia como algo satisfactorio y segundo, porque le hubiera gustado haberse duchado después de echarle cloro a esa tina, cambiarse de ropa y luego salir a la calle… en especial cuando la trigueña lo deja silenciosamente fuera de la casa con un beso lleno de ternura, si no tomamos en cuenta que ella tampoco se lavó los dientes. — ÓSCAR ■


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