Hace unos cuatro años atrás, los movimientos políticos universitarios integrados por las mismas bases y mandamases, según corresponda, en Revolución Democrática, Convergencia Social y Comunes, en definitiva, lo que hoy, tras varias rondas de las cambiaditas, llamamos Frente Amplio, presentaban sus programas políticos con una severa sentencia: El 2011 había muerto. Su fallecimiento se debía tanto a que sus demandas, que juzgaban satisfechas, como sus metas, que probablemente juzgaron inalcanzables, ya estaban ampliamente superadas. Con este estilo de propuestas lograban la absoluta hegemonía en la política universitaria, al tiempo que llegaba el ocaso de la participación de los estudiantes en su autogobierno. Así, frente a la captura de la política universitaria por revindicaciones de identidad, los estudiantes reaccionaron con la indiferencia: la participación en las urnas ha ido en picada desde ese entonces, al punto que tuvieron que hacer interpretaciones mañosas de sus reglas de cuórum para salvar la elección una vez, hasta el año pasado, donde la situación se tornó insostenible e inmaquillable. Se avisoraba un largo invierno de directivas interinas.
Aún así, en sus programas para federaciones universitarias insistieron con la idea de la muerte de 2011. Que ni volverían aquellas jornadas con épica y ética, y que lo que se necesitaba cambiar ya no estaba en el sistema universitario, sino que eran asuntos, en cierta manera, extrauniversitarios: dentro de las mentes, dentro de las relaciones de los universitarios, dentro de sus sábanas. Olvidaban que, ya después del 4 de agosto, no era la gratuidad —que “llegó”, pero solo en forma de una beca que no es más que una subvención, o peor aún, un voucher al portador que sea capaz de demostrar que es lo suficientemente pobre para ser merecedor de ello; es decir, nada muy lejos del anterior régimen de becas y créditos, pero sin pagar deltas— la demanda más importante, sino echar abajo el primer escollo para lograr cambios, esto es, eliminar la Constitución vigente y sus normas dependientes, atadas para impedir que se amenace el régimen de embudo que beneficia a las castas rubias que habitan en el Cono de alta renta, y en definitiva, darse una nueva carta magna sin la mácula de origen.
Los RD, los Convergencia, los Comunes, todos niñitos rubiecitos que bajaron del Cono de alta renta a traernos la redención a los negritos marxileninistas y afines (para liberarnos de nuestros prejuicios y preconcepciones, por supuesto) declaraban por satisfechas todas nuestras necesidades vitales. Al tiempo en que la deuda por persona hacía las experiencias vitales cada vez más insatisfactorias; donde, a cambio de perder certeza de si se tendrá techo donde dormir, trabajo en el que hacerse valer, y prole a la que criar sin estrecheces, nos complacieron con plasmas, celulares y televisión por cable barata —porque es lo único para lo cual llegaremos a tener suficiente capacidad adquisitiva—, estos hijitos de papá dieron por muerto el 2011.
Por eso, cuando el espíritu del 2011 les reventó en la cara, no sabemos aún si de forma espontánea o como parte de un nuevo experimento del departamento de estado de Estados Unidos —obra de la izquierda no fue, porque estos culiaos no son capaces de hacer una completada sin pelearse entre sí— no pudieron reaccionar sino con episodios de tartamudez. Intentando poner cara de compungido al ver militares en las calles, pero firmando los papeles que les indicaran tan pronto les pusieron el revólver encima de la mesa. Y por último, cuando el espíritu del 2011, transfigurado en el persistente espectro del perro Negro Matapacos se hizo presente en las calles, haciendo del meme dividido con PosterRazor y pegado en pliegos de 12 por 12 hojas de carta impresos y pegados en la pared el principal vehículo de transmisión de ideas, no supieron más que decir que sí a las leyes antiprotesta y de gatillo fácil que les presentó el gobierno, aún escudándose que solo la aprobaron en general y rechazaron en particular.
El espíritu del 2011 demostró estar más vivo que nunca.
Y esto ha significado la absoluta banca-rrota moral de los herederos de la Whiskierda —la Aperolizquierda, deberíamos llamarla—. Mal que mal, llevan tres meses sin comer suculentos sándwiches con sobreprecio en La Terraza; comprensible es que estén al borde del colapso nervioso, de tanto tiempo sin sazonar churrascos con sal de Colombia. —W. JONES □